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Bitácora de Navegación.

 

I.

 

Existe un lugar donde las palabras

 

no son sólo palabras, si no acaso

 

castillos, paisajes,  elaborados

 

a partir de relatos

 

para dormir infantes resentidos.

 

En estos dominios los cisnes

 

cantan sin miedo a morir

 

Los dragones son indolentes

 

y suspiran mentiras de azufre.

 

Sólo en un sitio donde la libertad

 

emana de tierras encantadas.

 

donde los príncipes vacilan en su amor

 

y las doncellas meditan bajo los sauces,

 

cubiertas de lágrimas suspendidas…

 

nuestro amor es más que miradas,

 

palabras ocultas en los pliegues

 

de saludos corteses…

 

Pero para llegar a este lugar

 

tendríamos que atravesar

 

los sueños de las hadas

 

como un cuchillo que rasga

 

el telón de una escena interrumpida.

 

He vuelto a escribir poesía. Lo confieso. Un arrebato de sentimentalidad. Pero, ¿qué otra cosa puede ser la poesía? Sólo una expresión fútil de sentimientos exacerbados. En otro tiempo (tiempo histórico) la poesía pudo haber tenido justificación de existir. Como articuladora de una tradición oral. Como revelación de un sitio de origen. Incluso como canto, rito de celebración de la Tierra. Es decir, permitía al hombre, a la sociedad en su conjunto, identificarse con un momento, con un sitio propio en la deriva del Cosmos.

            En cambio ahora, en esta continua “guerra de dioses”, en este momento de profunda crisis espiritual, ¿qué sentido podría tener la poesía? Si el amor se sublima en sexo. Si el mundo es sólo uno, trivial, anecdótico, globalizado. Si el nacionalismo es mal visto, por no decir forzadamente extrapolado a racismo. Si la Tierra agoniza y el dios Pan canta: “La guerra de dioses culmina con la muerte de los dioses…”

            Con frecuencia se opina de la poesía de un autor de la siguiente manera: “Como nadie Fulano ha retratado la soledad y la angustia del hombre posmoderno…” y yo interrogaría neciamente, ¿y la mujer posmoderna? Además, ¿se requiere la poesía para  este “original retrato”? Yo no me atrevería a contestar afirmativamente.

            Para encontrar la incapacidad de los seres humanos para comunicarse basta recorrer las calles. Para observar la angustia, la desesperación, basta el cine, los noticieros, un reality show.

            Y si nos atrevemos a hablar del tema amoroso caemos sin duda en una trampa de arena. Nada habría qué decir sobre el amor después de los griegos, después de los romanos. Además hablar impúdicamente sobre el amor como los griegos, como los romanos, nos haría sentir cursis, un poco ruborizados. Como simples imitadores de un estilo obsoleto. Por ello al hablar del amor tendríamos que recurrir entonces al retrato “de la soledad y angustia del hombre posmoderno…” Etcétera.

            Por ello considero la poesía actual un artificio inútil. Superfluo en grado extremo. Pero, furiosa dialéctica, ¡en esto radica su pureza! Sus alcances como territorio liberado ante su nula repercusión social. La poesía es ese lugar secreto, donde podemos colocar los fetiches que sólo tienen valor para nosotros. Puede ser nuestra poesía falta de rima, asquerosa, en prosa, en verso, grandilocuente y afectada… ¡a nadie le importa!

 

 

 

La Ciudad Desconocida.

 
 
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La sobriedad convierte las fachadas en reflejos de la fealdad. Los colores vivos o simplemente agradables son despreciados en favor del gris propio del cemento. Las calles medianamente limpias sorprenden por la falta de barrenderos durante el día.
El olor de la ciudad: existen muchos sitios para comer, todos despiden el mismo aroma, carne frita con cebollas.
El graffiti como plaga. Las paredes son huéspedes indefensos de la peste en spray.
¿A qué hora sucede? Unos dicen que la ciudad es tranquila por las noches. Debe serlo. Los negocios y las casas particulares suelen cerrar a las nueve.
¿Es entonces cuando ellos salen de las sombras  a escribir sus signos incomprensibles?
El día brinda argumentos a la hipótesis. Si a la luz del sol son escasos los uniformes del orden...
En cualquier caso los garabatos en spray son el crimen más común y el más impune.
Aunque se cometen crímenes más alarmantes.
En la carretera  a una ciudad cercana tres ejecutados. Uno con el tiro de gracia en la nuca. La larga marcha del narco no se detiene.
En esta ciudad aún no crece la ostentación inmobiliaria propia de los cárteles: casas fortificadas que ocupan una cuadra.
Tampoco se observan las botas de víbora o las armas al cinto. Pero quién se atreve a negar que se vive a la sombra del cambio de dólares  y bajo el cruce continuo de enormes camionetas de vidrios polarizados.
La ciudad es una mezcla de lujo y fealdad, de frivolidad y miseria.
Una pareja de mendigos viven varias semanas en la acera, cerca de un mercado. Nadie parece incomodarse por el hecho de que sus pertenencias, ropa sucia y periódicos, ocupen la entrada de un próspero negocio. Menos aún que en las noches frías no tengan cobijas suficientes para arroparse.
Ella tiene la mirada perdida. Sonríe todo el tiempo al cielo vacío. Deambula en el día por los alrededores del mercado en busca de comida.
Él sentado con las piernas cruzadas, apoya la barbilla sobre un bastón. Su meditación hace pensar que ha descubierto todos los secretos del mundo y no sabe a ciencia cierta si darlos a conocer serviría de mucho.
Poco tiempo después desaparecen. Nadie se percata de su ausencia. Incluso la gente sigue bajando de la acera cuando pasan por el sitio en donde los mendigos tenían sus pertenencias.
La gente puede volverse ciega ante un problema que no puede resolver ¿O es que la miseria tiene solución en esta ciudad desconocida?
A decir verdad nadie sabe quienes fundaron esta ciudad ni que pretendían. No obstante, tienen un monumento.
Tampoco nadie se ha preocupado en averigüarlo...
 
 
 
 

Repeticiones.

 
 
Marchas a tu antigua casa por los documentos que requieres para seguir el engranaje de una vida laboral que no te convence.
Tendrás que lidiar con la mirada curiosa de los vecinos. Con las capas de polvo que sepultan tus libros y apuntes. Con la maleza que custodia la puerta de entrada. Quizá con los reclamos del pasado.
No cumples con tu cometido.
No llegas a esa habitación ahora soleada y en desorden. Ella te lo impide.
Cruzas con premura la ciudad. La observas al otro lado de la calle. Buscas el momento en que se posen sus ojos en ti. No ocurre. Vas a su encuentro. Apresuras el paso. Ella no te reconoce. Le susurras un saludo.
Ella abre los ojos denotando sorpresa. Te abraza largo tiempo -no sabes qué es la eternidad, si el tiempo transcurrido sin verse o el intervalo de su abrazo-...
Desayunan café. En el mismo restaurante. El mismo café. Los ventanales que permiten la entrada de los reflejos de  sol. Ver cruzar a los turistas y a la gente que apresurada marcha a su trabajo.
Dices estar enamorado. De la chica con dos relaciones fallidas. Con un hijo pequeño. A la conociste apenas dos días. Quien te llama día y noche para escuchar tus palabras sobre los empeños inútiles de una vida compartida.
Nada parece en orden. La realidad y los deseos fracturan el tiempo y el espacio.
Ella es severa. Te gusta su estilo. Maduro y afilado.
-Me has dicho lo que quiere ella. ¿Tú la quieres?
Una pausa.
-Sí la quiero...
-Lo has pensado demasiado.
La misma mesa. La misma situación. Sólo el nombre cambia, antes era B. S. , ahora es D. V.
Le dices que te quedarás a trabajar en la ciudad. Que renuncias a escapar de una situación que se repite de manera tan esquemática. Ella vendrá a vivir contigo y te harás cargo de la situación.
Ella no está de acuerdo. Tomar decisiones de manera tan precipitada. No obstante, respeta tus emociones, tu entereza.
Después del desayuno te pide que la acompañes de compras.
Cruzan las mismas calles. El diálogo con frases cortas. Se abrazan en una esquina. Ella busca una vida cómoda, sencilla. Tú el futuro en una relación díficil. Te quedas observando cómo se pierde entre la multitud.
 
Si el azar obra en tu contra¿ Por qué permites que M. se encarne en tu cuerpo quemado por su recuerdo?
 
 

El libro de aforismos.

 

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La suerte de los seres humanos es como la carga de una escopeta. Pronto se te acaban los tiros... 
 
 

Fracciones de segundo.

 
Solaris (1972).  El vacío y la conciencia.
 
 
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¿Cómo describir un filme que se define como ciencia ficción pero que rechaza cualquier efecto tecnológico que disfrace el drama de los personajes?, ¿Qué clase de viaje espacial es el que realiza el protagonista, Kris Kelvin, cuando nunca lo vemos con un casco o un traje espacial, o simplemente deslizándose en órbita?
 
 
Nada hay en el filme de Tarkovski que sea gratuito. Desde las primeras tomas de los lagos y el campo. La música de Bach. Los acercamientos a los animales de la casa de Kris. Por eso no hay naves espaciales ni caminatas en el exterior, no nos ofrecerían una parte de la vida de los personajes.
 
El viaje de Kris, el frío científico con una misión, es el que cualquiera desearía emprender. Es un trayecto al interior para buscar lo que se ha perdido de forma dolorosa, y que como un milagro regresa a nosotros. Decía Lacan, que el experiencia humana se define por el objeto amado que hemos perdido. Kris había perdido el sentido de su vida, al morir su esposa, sin siquiera asimilar su desgracia. Sin embargo en su interior, ese dolor reprimido pugnaba por expresarse...
 
Los habitantes de la estación han perdido la esperanza del conocimiento. Se han entregado al enigma de la identidad, a sus deseos ocultos que en los corredores oscurecidos y en decadencia de Solaris se materializan. Nunca sabremos del todo que es lo que el Dr. Sartorius o Dr. Snauth habían encontrado en la nave, nos basta ver cómo Kris Kelvin se enfrenta a la imagen materializada de su esposa muerta.
 
 
Kelvin renuncia a cualquier explicación. Renuncia a pensar que Khari es un fenómeno estelar. Esta ahí y con eso basta. La que no puede soportar su propia imagen es ella. Muere cuando kris no está. Se suicida una y otra vez bajo el peso de no tener memoria. Aunque resulta más humana que Sartorius o Snauth, esos seres taciturnos que han renunciado en parte a la felicidad del engaño, Khari es un ser dependiente de la conciencia de Kris y por ello sufre los dilemas de la culpa y del dolor.
 
Una sola toma basta para considerar a Tarkovski un artista sublime: el largo abrazo de Kris y Khari en la biblioteca, ingrávidos como metáfora del amor, entregados el uno al otro como el ardor de la flama.
 
Tarkovski ha viajado al interior de la conciencia y extraído de su vacío un claro mensaje del espíritu humano: la incansable capacidad de amar.
 
 
 
1972solaris01

Cuestionar los límites.

 
 
 
Where is the line.
 
 
Where is the line with you?
 
I want to be flexible
 
I want to go out of my way for you
 
but enough is enough
 
where is the line with you?
 
I am elastic
 
I want to go out of my way for you
 
I want to help you
 
where is the line with you?
 
I want to have capacity for you
 
and be elastic, elastic, to be elastic for you
 
where is the line with you?
 
I´m elastic for you
 
but enough is enough
 
where is the line with you.
 
 
BJörk from Medula (2004).
 
 

Borrador de relato.

 

 

Preámbulos de Otoño.

 
I.
 
Lo primero que F. observó al entrar al centro comercial fue el cine al que anteriormente acudía con frecuencia. La cartelera era poco atractiva. Las taquillas permanecían vacías. F. sacó un cigarro y fumó sin inquietud.
 
-No es hora de dejarlo, rió para sus adentros.
 
Eran las cuatro y F. sintió incomodidad. La puntualidad era una de sus exigencias. Pero en ese momento F. despreció lo que antes valoraba como una virtud. De improviso se percató que unas personas vociferaban en voz alta junto a él y formaban fila para comprar boletos. Decidió alejarse y buscar alguna banca para descansar las piernas que tanto le dolían. Deambuló en los alrededores del centro comercial. No encontró un sitio apropiado. Apuró el paso y regresó a los cines. Ahí estaba ella. Mirando los carteles de películas sobre amores y desdichas.
      
F. se aproximó con cuidado para sorprenderla. Le susurró un saludo. S. respondió con una sonrisa y un beso en la mejilla.
 
-Lamento llegar tarde, murmuró.
 
-No importa, el tiempo no importa. Respondió F. sin titubear.
 
F. pensó en tomarla de la mano y luego acercarla a su pecho. Olvidarse de si alguien llegaba a reconocerlos. El centro comercial estaba semivacío. Pero evadió su decisión y solamente esbozó una sonrisa.
 
-Luces algo cansado, dijo S. mientras tocaba su frente, fingiendo limpiarla de alguna imperfección.
 
-El trabajo está algo pesado, toda la semana me he retirado al cierre de las oficinas. No duermo bien.
 
-Dijiste que pedirías vacaciones, dijo S. con mucho interés.
 
-Imposible esta temporada, respondió F. mirando hacia otra parte.
 
Odiaba hacerlo, pero mirar algún objeto fijamente mientras respondía a su interlocutor, se había convertido en un reflejo ordinario.
 
-¿Quieres que nos retiremos?, interrogó S. mientras reconocía su actitud de evadir las preguntas difíciles.
 
-No, no todavía. ¿Quieres ver alguna película?, ¿Te llama la atención algún promocional?
 
-No. Yo sí quiero irme. Temo que alguien nos descubra. Afirmó S. mientras miraba a su alrededor.
 
-Bueno, vámonos. Dijo F. mientras la abrazaba cubriéndola con su abrigo.
 
II.
 
F. miraba la luz rojiza del sol que entraba por la ventana. Se aproximaba con lentitud el anochecer, como el rumor de la muerte de un rey en un poblado apartado. Pronto debería estar en casa para la cena. Besó a S. en la frente mientras la abrazaba con fuerza. S. como siempre sonrió.
 
-¿Te vas?, preguntó mudando su rostro, mostrando una severidad que no era común para ella.
 
-Debo llegar a casa. Respondió F. mientras intentaba salir de la cama.
S. le había tomado el cuello cruzando los brazos.
 
-Creo que debe terminar. Dijo S. sollozando.
 
-Yo también lo pienso. No tiene sentido arriesgar lo que tenemos. Todo lo que tenemos.
Como si esto realmente valiera la pena. Dijo F. mezclando su tristeza con la rabia por su indecisión.
 
-No puedo. No puedo. Repetía S. con insistencia. De haber sabido que me amabas todo sería diferente. ¿Por qué nunca lo dijiste?, ¿Por qué?...
 
-No estaba seguro. ¿Te hubiera gustado que jugara con tus sentimientos mientras me decidía?...
 
F. detuvo el flujo de sus palabras. Sabía de sobra el rumbo que tomaría la discusión. Había estado repitiéndose desde los últimos encuentros.
 
Se acercó a la ventana. El viento del otoño, el frescor de la tarde, se colaron al unísono por el espacio abierto. Miró a S. que tomaba una almohada, para abrazarla y ahogar su llanto.
F. se detuvo sin saber qué hacer. Parecía atrapado en la red de un tiempo dilatado. Antes se acercaba de nuevo a ella para tomarla entre sus brazos durante largos minutos. Ahora estaba seguro que no servía de nada.
 
Decidió acomodarse la ropa mientras se justificaba ante un tribunal ausente.
 
-No debimos tratar de recuperar el pasado. Tuvimos una oportunidad. Ahora nuestras vidas tienen rumbos diferentes. F. lo había pensado miles de veces sin atreverse a decirlo en voz alta.
 
-Sabes que no funcionará. Que nuestras palabras y grandes discursos están muertos para lo que sentimos. Estamos unidos por no sé qué extraña relación. Ambos lo descubrimos desde el inicio. Créeme. Yo también lo he intentado. Repetirme hasta el cansancio: “Está mal, termina con ello. Está mal.” Lo sabes. Dijo S. mientras miraba sus manos.
 
S. ya no lloraba. Miraba el sol que parecía agonizar, agotado, exhausto como un rey viejo.
 
-Lo intentaré. No volveré a llamarte. Lo intentaré. Repetía S. mientras miraba a su amante fijamente a los ojos.
 
F. los cerró mientras abría de la puerta.
 
-Voy a extrañarte. Otra vez. Dijo, al salir con prisa y cerrar la puerta de un golpe.
 
Era otoño y las hojas se dejaban arrastrar por el viento en la lentitud del atardecer.

 

 

Tagebucher VII (Sobre las estepas)

 
 
Cazador.
 
 
Sé que la revancha a la mano contra el mundo femenino es E. La reina de corazones. La mariposa que adormece el inicio del otoño. La piel y el estrógeno.
 
Pienso que si la poesía lo permite jugaré hasta romper los pasillos de la casa de los espejos, el mundo de las apariencias. En el peor de los escenarios ella hubiera rechazado el Cuadrivium de versos diciendo que era una broma sentimental.
 
No fue está su actitud. Al contrario. Está encantada con el nuevo estilo forjado en imágenes y rimas.
 
Sin embargo poco después ocurre de nuevo la distancia. Desde luego que me desgrada su tono poco efusivo al teléfono.
 
Es por eso que debo ir por ella a los pasillos de la Casa de Cristal, en el ir y venir de nuestras vidas separadas. Atraparla. Acorrarla. Acariciar su cabello. Para que cierre los ojos y tiemble ligeramente.
 
¿Me entusiasmo con esta convivencia? Debo decir que no. Hay cierto desencanto en saber que no permaneceré en la vida de E. por mucho tiempo. No encuentro un verdadero interés. La motivación.
 
 
Lo único que quedará después de la despedida será el recuerdo del brillo de sus ojos cuando tocaba los papeles que le regalaba para leer.
 
Porque nunca seré la persona con quien comparte las tardes en un café semivacío. No me presentaré como pretendiente en la casa de sus padres. No seré su compañía cuando asista al colegio en busca de su pequeña hermana...
 
Permaneceré, por el contrario, aquí sobre estas notas, que se agotan como las artimañas de un cazador de las estepas.
 
 
 
 

Fragmentos.

 

 

 

El mundo de las apariencias.

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A pesar de todos tus ademanes sidéreos,
 
y las vagas metamorfosis de tu voz,
 
 la música y los astros, dice Pitágoras,
 
están unidos en la armonía numérica del Universo;
 
creo que tu más caro deseo es seducir los corazones,
 
envilecidos bajo el rudo peso de la presunción.
 
De otra manera, no me ofrecerías tus vocales,
 
ni las suaves entonaciones de un cielo claro
 
no dibujarías constelaciones con tus manos
 
en el aire irresoluto de nuestra conversación.
 
Eres la causa de la atracción de los cuerpos,
 
eres el zodíaco que resguarda los atributos de la naturaleza,
 
la sinfonía acorde a las proporciones vitales,
 
la melodía que hiere los ánimos débiles con amarga destreza,
 
y los reduce, los condena a celebrar antiguos ritos animales.
 
Conmigo es diferente, mi hígado es mármol viviente,
 
mis pupilas sólo miran la manifestación de la belleza,
 
no el efímero mundo de las apariencias.

Tagebucher VI (Manual de taxidermia)

 

 

La ruptura del círculo estético.

    BABEL

No existe contradicción. No debe haberla. El hecho de aproximarse a los conflictos morales debe surtir el efecto de un anestésico ante la fuerza de las pasiones.

El intento de ser un observador clínico. Mantenerse a cierta distancia entre la mirada fría y las sensaciones prohibidas. Después de todo como Hans Castorp terminarás seducido por los espíritus que habitan la montaña.

 

No podrías ser el pequeño burgués que se satisface con las menudencias del intelecto: bárbara actividad académica, ejercicio profesional y una vida social corriente. No. Contrario a lo que pudiera parecer, tarde o temprano terminas siendo congruente con las actitudes filosóficas de desbordamiento existencial: la búsqueda y planteamiento de los dilemas morales, la lucha por fracturar el círculo estético desde adentro, la pasión por los momentos prohibidos.

 

Sería muy ingenuo pensar que podría deambular por las obras de Nietzsche o Mann sin contaminarme por la seducción de lo inexpresable, por la ruptura de los fenómenos vitales, convertirme en un observados de la grieta que da lugar a un desorden en el mundo seguro de las buenas costumbres.

 

Después de todo, ¿qué has hecho? Escuchar su plática desaforada, que oscila como un péndulo caótico entre la ambiguedad erótica y el juego nostálgico de la ironía.

 

Ella. B. S. ¿Qué busca? Aún más preocupante ¿que puede buscar en mí?

 

¿Qué has hecho? Rebajar sus pretensiones. Disminuir su confianza de que puede tratarte como un advenedizo de los tratos corporales. Por otro lado intentas seducirla escribiendo mensajes personales que van de la melancolía infantil a la celebración de su belleza.

 

Ella también puede contenerse. Puede realizar excelentes celadas o abandonar el tablero. Te perturba saber que conserva tus cartas de los últimos años. Te roba el sueño cuanto te niega las fotos compartidas. Puede hacer lo que le plazca. Puede hacerlo porque está prohibida para ti.

 

La misma táctica. No te dejas abandonar en la obsesión manifiesta. Manipulas tus emociones como si disecaras el tejido de un corazón muerto. Quizás podrías efectuar un procedimiento semejante en tu hígado, los griegos anotaban que era el centro de la emociones, ni enojarte ni entusiasmarte.

 

Vaciar los humores de tus órganos internos. Ni sangre ni bilis.

 

Ser un racionalista ingenuo. Tus emociones son movimientos de un pálido espíritu y transformadas adecuadamente pueden visualizarse como simples impulsos nerviosos. El filtro de tu intelecto bien puede amortiguarlos en señales de pequeñas experiencias.

Lo cual te facilita la perdición clínica en el círculo estético.

 

 
第 1 张,共 3 张
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